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"Al
silencio le gustaba escuchar la música; oía hasta la última resonancia
y después se quedaba pensando en lo que había escuchado. Sus opiniones
tardaban. Pero cuando el silencio ya era de confianza, intervenía en
la música: pasaba entre los sonidos como un gato con su gran cola negra
y los dejaba llenos de intenciones" Felisberto Hernández
Escuchando
"Temas pendientes", el CD de la uruguaya Malena Muyala, siento
que estoy frente a un fenómeno distinto dentro del panorama actual del
canto rioplatense: Malena es uno de esos raros casos de la lírica en que
un artista no deja de cantar para decir ni deja de decir por el hecho
de estar cantando.
Ciertamente,
la voz de Malena es un espacio en el que germinan todas las significaciones
del texto. En otras palabras, es el fenómeno que Roland Barthes denominaba
el geno-canto: el volumen de la voz que canta y dice desde la garganta.
Y es ahí donde estalla la significancia. Y es ahí donde empiezo a replantearme
todo: ¿qué es la música con respecto al texto? El arte de Malena me contesta:
es una cualidad (o atributo) del lenguaje. Pero esta cualidad del lenguaje
no tiene nada que ver con las ciencias del lenguaje (poética, retórica,
semiología), pues al volverse cualidad (o atributo), la parte del lenguaje
promovida es lo que éste no dice, lo que no se articula. En lo no-dicho
es donde se alojan el goce, la ternura, el deseo, la delicadeza, la satisfacción,
los más delicados valores de lo Imaginado. La música es a la vez lo expreso
y lo implícito en el texto: lo que está pronunciado (sometido a inflexiones),
pero no-articulado. Por eso lo llamativo en Malena es la pronunciación
y no tanto la articulación: y si el Polaco Goyeneche estiraba las consonantes,
Malena alarga su voz en las vocales: esas vocales que parecen acunar todo
el sentido de una frase.
También
es lo suyo el anticanto en el sentido de que su voz recorre una variedad
de timbres que la escolástica de la lírica difícilmente acepte. No se
trata de una voz pareja, uniforme, sino de una voz viva: en una frase
de Malena -por ejemplo- "!Garúa!,... solo y triste por la acera va
este corazón transido con tristeza de tapera..."- es posible reconocer
cómo la melodía va pasando por distintos instrumentos: de un violín a
una viola y de ésta a un cello para volver quizás en un oboe, adquiriendo
así la tan deseada (y deseable) unidad en la diversidad.
Y
a propósito de Garúa, recordemos que está interpretado en versión de voz
y cello (éste a cargo de Juan Rodríguez, quien también hizo el arreglo).
Esta formación nos remite al Mano a mano de Caetano Veloso con Jaques
Morelenbaum. Ambos arreglos tienen reminiscencias bachianas, pero a mi
juicio el de Rodríguez es mucho más sólido. Es más, es un arreglo de una
secreta complejidad, lleno de sutilezas y potenciado con el perfecto trabajo
de unidad entre la voz y el cello. En cambio, el de Morelenbaum con Caetano
suena más bien a improvisación. Por último, le propongo al lector lo siguiente:
escuchar la Sarabanda de la Suite V para cello solo de Bach y luego esta
versión camarística que logran Malena y Rodríguez: acaso la memoria irá
en busca de las garúas perdidas.
A
esta altura quiero señalar una paradoja que atraviesa toda la historia
del arte tanguístico y es la siguiente: una y otra vez en toda la literatura
del tango -entre los críticos más variados- se concibe como especial distinción
el hecho de que un instrumentista tenga un sonido parecido a la voz humana,
como por ejemplo, el fueye de Aníbal Troilo. Pero, por otra parte, no
se le puede decir a un cantante nada más halagador que aquello de "frasea
como un bandoneón", es decir, que trata a su voz "como si fuera
un instrumento".
¿Qué
otra cosa sino quería decir Manzi con su frase "... tiene pena de
bandoneón?" Ahora bien, esta Malena de hoy, nos deja en off-side
con respecto a este tema. En ella ya no se trata ni siquiera de imitar
un instrumento. En fin, Malena canta el tango sí, como ninguna. Claro.
Pero también hay algo más: Malena canta el tango como se escribe, como
si estuviera escribiendo lo que canta. ¿Por qué? Porque Malena conmueve
sin apelar a los clichés de la expresión de algunos tangueros. Todo el
arte de Malena reside en las letras, en su manera de pronunciarlas, de
inscribirlas en la memoria afectiva de su oyente. Más que expresivo su
canto es conmovedor. Un claro ejemplo de esto es su final de Los mareados:
final despojado que conmueve por su ausente presencia, "mueve algo
en la cadena del significante": por algo decía Edmundo Rivero que
"no se canta con el capital sino con los intereses".
Y
de la misma manera que en Heifetz, en Francini y Pablo Casals escucho
el tamborilleo de la yema de sus dedos sobre la tastiera, en Malena escucho
el "grano" de su voz contra la letra. El grano de la voz que
es su cuerpo, su otro cuerpo.
A
escucharla!
Entrevista
a Malena Muyala por Guillermo Anad |