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El Tango viejo fue joven

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Por Edgardo Ritacco (*)

 
 

El tango siempre fue un fenómeno joven.

El esplendor de sus compositores (Eduardo Arolas, Vicente Greco, Agustín Bardi, para nombrar apenas algunas cumbres) se produjo en la edad post-adolescente.

En esos primeros tiempos, el tango era desfachatado, optimista, inmensamente creativo, sinuosamente violento, irrefrenable.

Los primeros que echaron algo de agua fría sobre tanto fervor de fueyes cadeneros y arrebatos febriles fueron –curiosamente– los que después fueron apodados “los de la guardia nueva”.

Julio De Caro no era un irreflexivo. Todo lo contrario. Su orquesta salía a la cancha con atriles y partituras musicales. Muchos los miraban como bichos raros. ¿Qué tenía que ver con el tango toda esa papelería que, como una vez evocó el director, llegaba a volarse al primer golpe de viento y dejaba desairados a los músicos?

Paradójicamente, cuando la guardia nueva empezó a asentarse, el tango fue perdiendo el fuego, la improvisación y la sorpresa de los tiempos heroicos. Pero en esos tiempos (década del `20, comienzo de los `30), todavía sus protagonistas eran jóvenes.

La última mitad de la década del `30 mostró la primera decadencia del tango. De golpe, la muerte de Gardel, y enseguida la de Agustín Magaldi, restaron fuego a la hoguera de los cantores, y la gente empezó a retacear su apoyo. Las orquestas vivían un tiempo difícil: prohombres como Osvaldo Fresedo, por ejemplo, regresaban de Estados Unidos con los oídos llenos de jazz, y desde los palcos armaban un espectáculo de tres temas foráneos por cada tango.

Solo Juan D’Arienzo, montado en la soberbia espalda rítmica de su extraordinario pianista Rodolfo Biaggi, peleaba el partido sin dar ni pedir tregua.

Pero al arrancar los `40 ya estaba montado el gran escenario porteño. Los palcos y cafés se inundaron de orquestas. Hubo un momento en que había casi 300 actuando simultáneamente en los distintos barrios de Buenos Aires. Los grandes nombres estaban en el centro. El resto se desperdigaba en los barrios, tratando de hacer méritos para entrar al pequeño circuito del corazón de la ciudad. “Yo no pasaba de Patricios y Pompeya –reconocía un día, ante este cronista, el inmenso Horacio Salgán–. Hubo que hacer muy bien los deberes, y durante muchos años, para asomar la cabeza por el centro”.

Pero el `40 no fue el resultado de la primera juventud. Los protagonistas ya frisaban los treinta y los cuarenta años. No estaba ya la rebeldía de Arolas, ni la genial inconsciencia de Gobbi padre. Se había cambiado todo eso por el estilo propio, la orquestación y el crecimiento de los cantores, que dejaron de ser chansonniers para convertirse en un instrumento más de las orquestas.

El `40 fue la explosión del tango. Pero una explosión nostálgica: muchos temas hablaban del pasado que nunca volverá, como el mágico 1920 que pregona A pan y agua;  nombran a guapos que ya no poblaban las calles porteñas, lamentan el afrancesamiento del género (“eras un gran varón /  sencillo y compadrón / de una palabra sola / rimaba tu cantar / con la emoción triunfal / del bandoneón de Arolas / pero empezó tu decadencia / cuando te dieron tanta ciencia / y hoy rezongándote cabrero / un lagrimón fulero / enturbia tu canción”, se queja  Tango de otros tiempos).

El del `40 fue un tango de salón de baile, un tango de músicos extraordinarios (el surgimiento de Anibal Troilo, el ajuste estilístico definitivo de Osvaldo Pugliese, la mixtura de estrellas de Miguel Caló, el impetu notable de Ricardo Tanturi, la fuerza de D’Arienzo, la experimentación de Francini–Pontier, la precisión canyengue de Alfredo Gobbi). Y fue la explosión de los cantores, que conforman un capítulo aparte.  Pero ya era un fenómeno de edad intermedia.

Hoy, después de la larga noche de la segunda decadencia del tango (décadas del 60 y 70, sobre todo), la juventud ha vuelto a acercarse a su compás, a su ritual y a su baile. Lo hace a su manera, con sello propio, mezclando Piazzolla con los primitivos conjuntos de flauta y guitarra, desacralizando un poco y respetando otro poco. Pero tal vez por eso, porque ahora vuelve a ser un fenómeno de los años más pujantes, la resurrección del tango sea más verdadera que nunca.

Enhorabuena.

 

(*) Periodista