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Una tarde de setiembre de 1954, en París, Nadia Boulanger le pidió
a su alumno Astor Piazzolla que tocara uno de sus temas en el piano.
A 50 AÑOS DE LA REFUNDACIÓN DEL TANGO
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Recuerda Dedé Wolff, una bellísima mujer en toda la expresión
de la belleza, la primera esposa de Astor, la madre de Diana y Daniel Piazzolla,
que él y ella se fueron a París (bajaron en Marsella) en un barco
de carga, que la travesía duró casi dos meses y que en los pasaportes
está la fecha de arribo: 15 de agosto de 1954; que vivieron en una modesta
habitación de un todavía más modesto hotel de la rue de
Douai del barrio de Montmartre, que para ellos fue una hermosa bohemia hasta
la frontera de comer salteado, que los francos franceses solo alcanzaban para
un “bon vivant” de amor, que a metros estaba la casa de Nadia Boulanger,
donde él estudiaba música, y algo más allá el atelier
de André Lothe, donde ella perfeccionó sus conocimientos pictóricos,
y que una tarde ya anocheciendo, a poco de estar en París, lo vio volver,
a él, de la casa de Nadia con una profunda emoción, como si hubiera
hallado la piedra de la verdad.
Y dice Astor Piazzolla en “Piazzolla-Memorias” (*), el libro de
Natalio Gorin (Alba Editorial, Barcelona, España 2003)
“Tuve dos grandes maestros: Nadia Boulanger y Alberto Ginastera. Ellos
me enseñaron todos los secretos de la técnica musical.
A Nadia la pongo un escalón arriba en mi reconocimiento porque fue la
que me puso en el camino, la que me hizo descubrir al verdadero Piazzolla, la
que terminó con mi confusión.
Astor Piazzolla y Nadia Boulanger. Foto original tomada
y cedida para esta nota por Dedé Wolff
Llegué a la casa de Nadia con una valija llena de partituras, ahí
estaba toda la obra clásica que había compuesto hasta ese momento.
Las dos primeras semanas Nadia las dedicó al análisis. “Para
enseñarle -me dijo- primero debo saber hacia que apunta su música”.
Un día, por fin, me dijo que todo eso que había llevado estaba
bien escrito, pero que no encontraba el espíritu. Me preguntó
qué música tocaba en mi país, qué inquietudes tenía.
Yo no le había dicho nada de mi pasado tanguero y mucho menos que mi
instrumento era el bandoneón que estaba en el ropero de la habitación,
ahí en París.
Pensaba para mí: si le digo la verdad me tira por la ventana. Nadia había
sido condiscípula de Maurice Ravel, maestra de Igor Markevith, Aarón
Copland, Leonard Bernstein, Robert Casadesus, Jean Francaix, ya entonces se
la consideraba la mejor pedagoga que había en el mundo de la música,
mientras yo era simplemente un tanguero.
A los dos días tuve que sincerarme. Le conté que me ganaba la
vida haciendo arreglos para orquestas de tango, que había tocado con
Aníbal Troilo, después con mi propia orquesta y que cansado de
todo creía que mi destino musical estaba en la música clásica.
Nadia me miró a los ojos y me pidió que tocara uno de mis tangos
en el piano. Entonces le confesé lo del bandoneón, que no esperara
escuchar un buen pianista, y en realidad no lo era. Ella insistió: ‘No
importa, Astor, toque su tango’. Y arranqué con “Triunfal”.
Cuando terminé, Nadia me tomó las manos y con ese inglés
tan dulce que tenía, me dijo: ‘Astor, esto es hermoso, me gusta
mucho, aquí está el verdadero Piazzolla, no lo abandone nunca’.
Y ésa fue la gran revelación de mi vida musical.
Cuando la conocí, Nadia estaba por cumplir 75 años. Vivía
en un departamento muy grande, tenía un órgano enorme, un piano
de cola, en las paredes colgaban fotos dedicadas de Igor Stravinsky, André
Gide, Paul Valéry y André Malraux. Era una mujer muy agradable.
A las cinco de la tarde entraba la mucama con una bandeja que tenía los
elementos para el té con masitas, pero la dejaba sobre una mesa: el té
lo servía Nadia. Fue como estudiar con mi mamá.
La volví a ver 20 años después en el Conservatorio Fontainebleau,
estaba casi ciega pero su oído musical, a pesar de su edad, seguía
siendo perfecto. Me acerqué, le tomé la mano y le dije: ‘Hello,
mademoieselle Boulanger’ Me reconoció por la voz y me contestó
enseguida: ‘Hello mi querido Astor, lo felicito, ahora es muy famoso’.
Siempre la recuerdo con mucha cariño”
Fue en París, no podía ser otra ciudad del mundo tratándose
de tango. La partida de nacimiento se guarda en Buenos Aires o Montevideo, pero
allá en París fue impreso el pasaporte de la consagración
en la belle epoque y el de la refundación muchos años después,
que hace a esta evocación.
El tango no hubiera llegado al XXI sin Astor Piazzolla, por lo menos con esta
lozanía, este ímpetu. Todo lo que pasa hoy, hasta el renacer de
la guardia vieja y el ’40 y la milonga y el bandoneón sobre el
jean tiene arranque en ese momento mágico, ahora histórico, cuando
Nadia le pidió a media voz: “Astor, toque su tango”. Y allí
renació, el tango. Hoy Piazzolla ya es un clásico. Falta conocer
la más hermosa de las incógnitas: lo que vendrá.
(* ) Reproducción parcial autorizada por Alba Editorial (Barcelona, España)