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Personajes

Arquetipos del arrabal porteño:
El guapo o compadre: mezcla entre hombre de ciudad y campesino.
Temido, envidiado y respetado como era, este corajudo personaje poseía
el título máximo de la hombría. En él primaban
el honor, la lealtad y la palabra empeñada. Generalmente se ocupaba
como guardaespaldas de personas importantes o matón a sueldo y
su presencia la justificaban las frecuentes grescas en la vida de burdel.
Solía vestir de luto, ya que su tarea lo obligaba a tutearse con
la muerte y tenía gran dominio del cuchillo, aunque no alardeaba
de sus duelos. Visitaba el prostíbulo para satisfacer una necesidad
o para mantener el cartel de hombre entre los suyos pero, solitario por
convicción, no quería que una mujer o la familia lo hicieran
titubear en medio de un enfrentamiento. Sabía que podía
morir en cualquier pelea o terminar encarcelado si el caudillo político
de turno, su protector, lo abandonaba para no verse involucrado en un
crimen.
El
compadrito: esencialmente era un imitador, un guapo a mitad de camino,
no era querido ni respetado. Exagerado en sus gestos y vestuario, el fanfarrón
compadrito gustaba alardear de triunfos que no le pertenecían,
provocaba disturbios innecesarios y precisaba de aduladores y del autoelogio.
Se presentaba en bailes con mirada sobradora y aire conquistador. Este
agresivo sujeto cargaba cuchillo, como el compadre, pero no dejaba de
lado el revólver, cuyo uso era considerado por el guapo propio
de cobardes.
Frecuentemente le gustaba beber y era un mantenido al que le gustaba vivir
del dinero que pudiera darle una mujer, o dos, cuando era posible.
El
cafishio: También conocido como rufián, fioca o cantinflero,
estaba encargado de proveer mujeres a los burdeles de la ciudad. Su profesión
consistía en explotar a sus mujeres y captar nuevas pupilas (aunque
no llegaba a tener más de dos). Era un trabajo artesanal en base
a pinta y seducción personal, completamente alejado de la organización
empresarial tal como se instaló en Buenos Aires a comienzos de
siglo (la famosa Zwi Migdal). Junto con su pupila el rufián formaba
la pareja tutelar, curiosa relación dado que a causa de la división
del trabajo él era la parte pasiva, el "mantenido", mientras
ella la activa y laboriosa.
A
esta heterogénea serie de personajes se agregaban algunos jóvenes
de clase media, que deseosos de riesgos y nuevas aventuras se acercaban
al arrabal; las prostitutas, que ofrecían sus servicios en lugares
del bajo y grupos de delincuentes comunes. |