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El
Bandoneón

El
bandoneón y el tango son casi una dupla inseparable, una pareja ideal,
dos caras de una misma moneda. Desde las canciones dedicadas al instrumento
hasta las opiniones de expertos, es indiscutible la arraigada ligazón
que se ha establecido a partir de la llegada del "fueye" a nuestro
país, entre él y la música que lo acunó, incorporándolo inmediatamente.
¿Cuna
de oro?
Si bien hay diversas versiones acerca del nacimiento del bandonéon,
la más fuerte cuenta que su invención estuvo a cargo del alemán Heinrich
Band (originario de Hamburgo) en el año 1835. El instrumento de viento,
compuesto por un fuelle, con caja de madera y un teclado de cuarenta y
cuatro botones, fue creado en principio con el objetivo de alegrar a los
campesinos bávaros y además, para suplantar al órgano, aunque manteniendo
su solemnidad, en las misas de campaña. El bandonéon entonces, cumplió
en un primer momento una función más cercana a lo sacro que a lo artístico,
por eso algunos lo comparan al armonio. La primera denominación -band-union-
derivó naturalmente del apellido de su creador y de, aparentemente, una
suerte de cooperativa encargada de solventar su fabricación. Sus siguientes
nombres fueron bandonión, bandolión, bandoleón, mandolín y mandoleón.
Los primeros ejemplares llegaron aquí a fines del siglo XIX, hacia 1870
se presume. Las versiones acerca de su llegada también varían: aparentemente
fue introducido por un marinero de nacionalidad alemana (aunque hay también
quienes indican que podría ser inglés o brasileño). Algunos aseguran que
fue José Santa Cruz, uno de los soldados de Mitre, que regresaba victorioso
de la guerra de la Triple Alianza, el que primero ejecutó el instrumento,
ya que lo habría obtenido en un trueque por ropas y vituallas hecho con
un tripulante rubio de un carguero alemán amarrado al Riachuelo.
La pregunta obligada sería porqué el bandoneón fracasó en su tierra natal
y tuvo, en cambio, tan favorable recibimiento en estos pagos. Una posible
respuesta sería que "un instrumento nuevo como éste estaba destinado
a fracasar en un pueblo viejo", y fue este pueblo joven y turbulento
quien le inyectó un corazón a la pequeña caja de madera, convirtiéndola
en el portavoz sonoro del tango, en su propia alma.
"Como
a un pebete que la madre abandonó"
En un principio, el primitivo bandonéon de cuarenta y cuatro
o cincuenta y tres teclas ejecutaba el tango sin acompañamiento, en fiestas
íntimas o familiares. Fue Domingo Santa Cruz (hijo del soldado José) quien
lo incorporó al conjunto musical. Los tangos eran tocados por tercetos
de flauta, guitarra y violín, a los que ocasionalmente se les agregaba
el acordeón o el mandolín y la armónica de boca. Más tarde se suma el
bandoneón, el cual fue desplazando a la flauta para ocupar el lugar principal
en los conjuntos.
Hubo cambios también en las botoneras; el instrumento fue evolucionando
hasta tener setenta y una teclas (treinta y ocho botones en la caja del
canto y treinta y tres en la caja del bajo) convirtiéndose en diatónico,
o sea que emitía diferentes sonidos al abrirse y al cerrarse. Según Zucchi,
"el bandoneón posee una dualidad artística: abriendo el fuelle, su
sonoridad es brillante y diáfana, pero cerrando suena ripioso, apagado
y camorrero, como si lucharan en él la beatitud y el malandrinaje".
El país que mayor cantidad de bandoneones adquirió (en general fabricados
por el alemán Alfred Arnold) desde 1922 hasta 1930 fue la Argentina, y
el instrumento se proclamaba en las propagandas como "el único ideal
para una perfecta interpretación del tango argentino". Con la inclusión
del instrumento en el tango, éste ganó mayor riqueza armónica y varió
el papel de los demás instrumentos, y a su influjo adoptó un tono más
grave y quejumbroso debido al color "sonoro" del aerófono, y
principalmente varió su ritmo.
Al ser el bandoneón un instrumento totalmente desconocido, no había experiencia
previa para posibilitar la aplicación de recursos provenientes de otros
géneros musicales. Pero poseía la capacidad de ser un instrumento educable
y moldeable, y eso es justamente lo que posibilitó su rápida afirmación
y consolidación en el tango, con impronta creativa propiamente criolla.
La enseñanza del instrumento resultó en un comienzo dificultosa, ya que
no existían maestros competentes, y los conservatorios consideraban que
era denigrante incluirlo en sus materias. Los "fueyeros" debieron
formarse a los ponchazos. Una vez que los ejecutantes experimentados "sacaban"
de oido las piezas, se las pasaban a los aprendices enseñándoles las posturas
de las manos, sin saber qué nota era la correspondiente a la tecla que
apretaban, siendo su único guía las cifras que llevaba cada botón. En
ese marco, hasta era posible "pasarse" una pieza por carta.
"Es
el que dice lo que yo quiero decir"
Sin duda es difícil intentar explicar de una manera racional la relación
entre el compositor del tango y el bandonéon. En todo caso, sería más
sensato sugerir poéticamente una idea de esta comunión sabia y profunda
entre ambos. Desde el comienzo, se ha establecido entre ellos una relación
de desamparo mutuo: ambos se acompañan en soledad. El bandoneón deja de
ser un simple instrumento musical, para ocupar el lugar del compañero
inseparable del cantor y el poeta. Ambos comparten una tristeza honda,
una angustia oscura, el llanto contenido, el llanto que solo puede salir
si cierta poesía tiene como soporte la dulce y sonora melodía del bandoneón.
Es el instrumento que más fielmente traduce los desvelos y angustias del
poeta, es quien con su quejido melancólico y sordo entona el dolor imposible
de nombrar a través de las palabras.
Es notoria y persistente la personificación de la figura del bandoneón
en los cuantiosos tangos que lo nombran ("calla bandoneón!…calla,
por favor!"). Claramente el bandoneón no es para los poetas y los
intérpretes del tango un simple instrumento, sino un amigo, aquél que
puede comprenderlo. Y acaso también sea su voz, o lo que su voz ya no
puede entonar, el timbre y el tono que complementan la voz con una perfección
apesadumbrada. También es el testigo a veces mudo de las penas del poeta
y siempre, en oposición a la traicionera mujer, es leal y fiel a su intérprete.
Contiene en sí mismo la dicotomía, la tristeza y la dulzura, expresa toda
la melancolía profunda del tango y la exalta hasta el límite. Sin él,
el tango carecería de sus notas más graves y quejumbrosas.
Llora el bandoneón y llora el tango cuando se suman, allí adquiere el
estilo su verdadero espíritu de nostalgia, de melodía rota, allí reside
su encanto, en la honda pesadumbre del bandoneón.
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